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Anji Carmelo

"Cuando muera seré un ser invulnerable".

Entrevista publicada en El Periódico. Realizada por Gaspar Hernández. 12/12/2007

 
--¿Cómo se imagina a usted misma el día después de su muerte?
--Totalmente liberada de este magnífico cuerpo físico que todos tenemos y en un estado sin limitaciones, sin miedos, sin dudas. Nuestra existencia física nos encadena a los miedos y a la vulnerabilidad. Al morir, seré un ser invulnerable.

--¿Un ser? No tendrá conciencia de ello. No tendrá conciencia.
--Al contrario, la conciencia no se va, aumenta. Nuestro cuerpo nos está impidiendo que nuestra conciencia llegue hasta donde tiene que llegar. En estos momentos nuestra conciencia está por todo el universo, pero está como atada al cuerpo. Excepto, por ejemplo, cuando soñamos, porque entonces alcanzamos nuestras ilimitaciones.

--¿A usted le sucede a menudo?
--A las tres o a las cuatro de la madrugada. Me despierto y veo cosas que no había visto antes y que utilizo en mis libros y charlas. También me pasa en la ducha.

--Claro, es doctora en metafísica.
--Le pasa a todo el mundo, aunque no sea consciente de ello.

--¿Qué es la metafísica?
--La ciencia de lo invisible. Todo lo que realmente es, está más allá de lo visible.

--No lo entiendo.
--Todo lo que es auténtico o esencial no tiene nada que ver con lo que podemos ver y tocar.

--¿Con qué tiene que ver?
--Con esa parte nuestra que ahora se está expresando a través del cuerpo físico, pero que muchas veces no necesita al cuerpo para realizarse; esos mundos interiores, esas profundidades que cuando intentamos explicar, exteriorizar, se nos van.

--Algunos a eso lo llaman alma.
--O cuerpo esencial. Tiene tres expresiones: amor, sabiduría y voluntad.

--¿Usted cree en Dios?
--Sí, pero no en una figura concreta, sino en una fuerza creadora.

--¿Cómo se la imagina?
--Está en todo. Es lo que da chispa a las cosas, a todo.

--Usted acompaña en los procesos de duelo. Parece una vida triste.
--Yo no siento la tristeza. He pasado mis duelos y pérdidas, y cada vez que pensaba que no sobreviviría a una muerte cercana, he sobrevivido y he salido más reforzada, más persona, con más recursos. Cuando me llega una persona con mucho dolor, voy más allá y veo todo lo que va a llegar a ser cuando supere ese abatimiento. Si yo no intuyese su futuro, no podría ayudarla, porque me contagiaría la tragedia de su pérdida.

--Nos cuesta aceptar la muerte.
--Cuando es lo único que tenemos seguro. Además, es la gran conocida. Hemos llegado aquí hoy con incontables muertes a nuestras espaldas. Para crecer, lo que ya no sirve tiene que morir para dar lugar al cambio.

--¿Por qué cuesta tanto dejar ir?
--Cuesta soltar la materialidad. Nos identificamos con lo material y creemos que somos más si tenemos más cosas. Pero si empezamos a vivir lo que no es perecedero, los sentimientos, motivaciones e inspiraciones, llegará un momento en que podremos soltar nuestro cuerpo físico porque ya no formará parte de nuestra importancia como ser.

--Tenemos motivaciones porque tenemos un cerebro, cuerpo físico.
--El cerebro no es la base de la conciencia. No necesariamente se tiene que vivir a través del cuerpo. La gran frustración es reducir todo lo que somos y sentimos y pensamos a este cuerpo. Estamos aquí para cambiar.

--¿Y después?
--Una vez conectamos con la parte inmortal de nosotros, la parte que no se muere, empezamos a vivir de forma distinta. Empezamos a no dar importancia a las cosas perecederas, a comunicarnos y a conectar con los demás de otra manera, creando espacios permanentes y eternos.

--¿Eternos?
--Llega un momento en que da igual que el otro esté en Hong Kong, por ejemplo. Esa persona está conmigo igualmente y yo estoy con esa persona. Igual que está en Hong Kong, podría no estar. En cierto modo, la muerte es una liberación. Cuando un ser querido nuestro muere, nos está liberando, porque ya sabemos que esa persona siempre va a estar con nosotros y no habrá pérdida.

--A veces, los muertos están más presentes en nosotros que cuando estaban vivos.
--Sí. El padre de un amigo era cocinero. Murió. Mi amigo está más ahora con su padre que cuando estaba vivo. Lo siente con él cuando cocina.

--¿Tiene eso alguna explicación metafísica?
--La física cuántica demuestra que, energéticamente, una implicación con alguien, especialmente si hay amor, hace que las energías se intercambien. Esas energías están con esa persona ya en vida y, cuando muere, su energía sigue en nosotros.

 

Thomas Kirkwood
Investigador del envejecimiento; dirige el Newcastle Ageing Institute

"Cada día nuestra esperanza de vida aumenta cinco horas"

Tengo... ¡soy más feliz ahora que hace 20 años! Cuanto más mayor, más control tengo sobre mi propia vida. No está escrito en ningún gen cuánto viviremos: podemos frenar el proceso de envejecimiento. Más que fe, tengo curiosidad. Colaboro con la Obra Social de La Caixa

Lo más sorprendente que le puede ocurrir a una persona es la vejez: de cada cual depende que la sorpresa sea agradable. Kirkwood aconseja que olvidemos la funesta obsesión por la cifra de los años. Si algo he aprendido de La Contra es a desconfiar de las fechas de nacimiento para saludar agradecido las vivencias de quienes ignoran su edad y la ajena y viven cada momento como si fuera el último y el primero al mismo tiempo. Kirkwood ha dado consistencia científica a quienes viven así al demostrar que - ¡atrás deterministas gafes y cenizos!- ni la calidad ni la duración de nuestra vida está escrita en los genes, sino que la vamos decidiendo cada uno minuto a minuto: como ahora mismo.

Durante dos mil años - desde la Roma clásica- la esperanza de vida de las personas fue siempre la misma hasta hace dos siglos, en que empezamos a hacerla crecer dos años y medio por década.

Impresionante.
¡Es la mayor revolución y la que más directamente afecta a nuestra existencia! Cada día que pasa, nuestra esperanza de vida aumenta cinco horas y media, lo que significa que nuestras jornadas tienen - demográficamente hablando- veintinueve horas.

Supongo que tenemos un límite.
Mi investigación sobre el soma desechable contradice lo que se sostenía hasta ahora: no tenemos ningún reloj biológico que limite nuestra esperanza de vida, ni existe ningún programa de autodestrucción ni de vejez en nuestros genes.

Se hablaba del gen del envejecimiento.El Proyecto Genoma Humano muestra no que exista un gen del envejecimiento, sino que muchos genes tienen un papel en el proceso: unos retrasándolo y otros acelerándolo. Sólo tenemos un programa genético y es para sobrevivir, pero envejecemos porque esa programación no es perfecta y se producen daños en el organismo, que podemos frenar, en parte, con nuestras acciones.

¿Cómo envejecemos?
A lo largo de nuestra existencia vamos acumulando una gran variedad de pequeños fallos en nuestro ADN, en las proteínas de nuestras células. Estos pequeños daños se van acumulando y ese deterioro acaba provocando las enfermedades de la vejez, y con ellas llega la muerte.

¿Podemos detener este proceso?
Podemos moderar su progresión con hábitos saludables.
 

Déjeme adivinar: ejercicio, nutrición... Ejercicio, ejercicio, ejercicio, incluso en la silla de ruedas; nutrición, de la que tan poco sabemos, y actitud: entusiasmo para socializar, tener ilusiones y mantener la libertad.

¿En qué sentido?
Hemos demostrado que la autonomía para decidir por ti mismo y fijarte metas alarga la vida y, al contrario, la sumisión, la obediencia ciega y la falta de libertad personal acortan tus días: viven más los más libres.

Haber elegido padres longevos cuenta. No tanto como se creía. Hemos demostrado que la genética sólo decide un 25 por ciento de tu longevidad; el resto depende del modo en que decidas vivir.

Sea más específico.
El victimismo, el fatalismo, el sentido de dependencia externa, la resignación ante lo que se cree inevitable y, en general, la aceptación pasiva ante lo que acontece son las actitudes ideales para vivir poco y mal.

Se creía que los genes decidían todo.
Hasta hace dos siglos se aceptaba la muerte como natural a cualquier edad - fíjese en el arte y la literatura-, luego logramos aumentar la esperanza de vida acortando la mortalidad infantil, y en los años 40... ¡descubrimos los antibióticos! En los 50 se aplican; en los 60 se generalizan y en los 70 los demógrafos de la ONU concluyen que la humanidad ya no podría envejecer más: habíamos tocado techo alrededor de los 70.

Pues se quedaron cortos.
La humanidad ha ignorado a los demógrafos y ha seguido envejeciendo, por eso pido a todos ahora un cambio de actitud.

¿En qué sentido?
¡Dejemos de ser clasistas con las edades! Dejemos de segregar a las personas por su edad! Basta de obsesionarse con la dichosa cifra de los años. Sepa que - para la ciencia- su edad es flexible, no una maldición inexorable. Usted decide su edad biológica.

La juventud está sobrevalorada.
Es un error que iremos corrigiendo a medida que se imponga la evidencia de que vivimos más y mejor y más sabios. Para empezar, no pregunte ni diga la edad.

Si me la pregunta el médico...
Tampoco necesita saberla en realidad: su cuerpo explica a un buen médico todo lo que debe saber. La edad es sólo una cifra.

Y luego está el DNI y los carnets...
Los funcionarios y el Estado nos segregan para controlarnos mejor, pero el segregacionismo de edad es el más estúpido porque quien discrimina de joven será discriminado de viejo.

¿Vivir muchos años para vivirlos mal? ¡Falso! Dirijo un estudio con 850 ingleses de más de 85 años y la mayoría dice vivir ahora más feliz que los anteriores. A algunos he tenido que pedirles cita con dos meses de antelación porque tenían las agendas a tope. El pesimismo respecto a la vejez es fruto del error de creer que tenemos un tope biológico cuando, en realidad, el límite de nuestra vida lo ponemos nosotros.

¿La fe alarga la existencia?
La fe en uno mismo, desde luego.

¿La religión?
Proporciona un confort que los no creyentes pueden obtener de otros modos.

¿Algún otro factor de longevidad?
Socializar: conocer gente y mantener lazos con los conocidos es una gran fuente de ilusión. Pero - el ser humano es el más diverso de los seres- también hay quien encuentra en la soledad la compañía que necesita.

¿Por qué los hombres vivimos menos? Las hormonas masculinas nos hacen más propensos a las conductas de riesgo y a patologías específicas.
 

Lluís Amiguet - Miércoles, 09 de enero de 2008

 

 

 

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